Santa Teresa de Ávila (parte 1)


Santa Teresa de Ávila fue una monja carmelita y una mística española. Ella es también conocida como “Santa Teresa de Jesús”.

Santa Teresa era en realidad Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de una familia noble; nació el 28 de marzo 1515 en Avila, Castilla. Su madre murió cuando ella tenía quince años. Este evento le molestó tanto que su padre la envió a un convento agustino de Ávila. Su padre la trajo a casa después de un año y medio cuando se enfermó. Después de haber estado expuesta a la vida monástica deseó ser monja, pero su padre se lo prohibió mientras él vivía. A la edad de 20 o 21 años secretamente se fue de casa y entró en la Encarnación de las Monjas Carmelitas en Ávila, después de lo cual su padre bajó la oposición.

Gran parte de la vida de Santa Teresa estuvo plagada por una enfermedad. En 1538 parece que ella sufría de malaria cuando su padre la llevó al convento y la colocó bajo el cuidado de médicos. A pesar de esto, ella permaneció enferma y emprendió curas experimentales con la ayuda de una mujer en la ciudad de Becedas. Estos métodos le dejaron en coma durante 3 días y no pudo caminar durante 3 años. Fue durante este tiempo de enfermedad y convalecencia que realizó oración mental diaria, lo que la llevó a sus experiencias con la oración mística. Ella atribuye su recuperación a San José.

Santa Teresa no buscó las experiencias místicas que ella experimentaba, pero se resignó a la voluntad de Dios y lo consideró una bendición divina. Pasaba largas horas en la meditación que ella llamaba la “oración de quietud” y la “oración de unión”. Durante estas oraciones se fue con frecuencia en trance, y en ocasiones entró en vuelos místicos en los que ella sentía como si su alma se levantaba de su cuerpo. Ella dijo que el éxtasis era como una “muerte desmontable”, y su alma despertaba a Dios como nunca antes, cuando las potencias y sentidos están muertos.

Santa Teresa es una contemplativa, bien conocida por su análisis de los grados de oración a través de la cual el alma se centra en el amor de Dios antes de llegar a la “mansión central” del alma, donde vive Cristo. Se distingue claramente entre la esencia de la mística, que es amar la contemplación de Dios infundida por el propio amor y la gracia de Dios, y los fenómenos tangenciales que pueden acompañar a la vida contemplativa, como visiones, sensaciones sonoras, el éxtasis, la levitación, y los estigmas. Ella, como otros, creía que Satanás podía manipular estos fenómenos para corromper a los ingenuos, incluso cuando provienen de Dios. Santa Teresa sentía que el diablo podía torcer las cosas para que el individuo esté más preocupado por estas manifestaciones que con su verdadera misión de amar a Dios por completo.


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