Radenyi: Arcas del pueblo de Dios

Radenyi o las Arcas del Pueblo de Dios eran los cultos de adoración en manos de los practicantes de la secta Khlysty. Rasputín asistió muchos de estos servicios durante sus viajes a través de Siberia y la Rusia rural en el final del siglo XIX y comienzos del XX. Los participantes eran campesinos rusos, que por lo general se reunían en una casa.

Los anfitriones eran por lo general una pareja que vivía junta, ya que los miembros de la secta creían que era un pecado contra el Espíritu Santo estar en pareja mediante el ritual de casamiento de la Iglesia Ortodoxa. Un matrimonio bendecido por un sacerdote de la Iglesia era una señal del Anticristo. Sin embargo, muchos de la secta eran sospechosos de haber estado casados por la iglesia, pues se les animaba a que se adhirieran a las normas de la iglesia con el fin de evitar sospechas y mantener la secta Khlysty en secreto, pero la secta les prohibió dedicarse a las relaciones carnales con su pareja casada.

Estas reuniones se producían en la noche, muy probablemente a última hora del viernes o sábado por la noche. Personas vestidas de blanco secretamente iban a la casa indicada, se sentaban en los bancos a lo largo de las paredes. En el centro de la habitación había una bañera con agua.

El anfitrión y la anfitriona se sentaban frente a la reunión en una mesa (uno frente al otro), se consideraba que representaban a Jesús y a María; abrían el servicio con una oración suplicando al Espíritu Santo que descendiera sobre la reunión. Este servicio inicial seguía con más oraciones e himnos. Con frecuencia, había un servicio de comunión con pan y vino.

Los espíritus de todos los participantes por lo general llegaban a un estado frenético con cánticos y gritos; además, bailaban alrededor de la tina con agua y a menudo alegaban que el agua comenzó a hervir y a desprender un vapor de oro. Otros alucinaciones implicaban un cuervo o una madre y su hijo en los vapores que subían de la bañera.

Con mayor frecuencia los miembros de la secta dentro de estos estados pronunciaban o cantaban lo que sonaría como un galimatías para las personas ordinarias. Algunos afirmaban que era el “lenguaje de Jerusalén”; este lenguaje espiritual supuestamente daba paso a la sensación de éxtasis, acompañado por los poderes de profecía y curación.

A menudo, los estados frenéticos de los celebrantes aumentaban hasta llegar a escenas violentas, en los que se los veía gritando cánticos y haciendo bailes cada vez más rápidos mientras se daban bofetadas unos a otros. Fue en tal éxtasis que creían que el Espíritu Santo se hacía cargo de ellos y que no estaban actuando por su propia voluntad, sino que era el Espíritu Santo que estaba actuando dentro de ellos.

En muchas incidencias los celebrantes perdían todo el autocontrol, muchos se arrancaban la ropa y bailaban desnudos. Su creencia de difundir “el amor de Cristo” dio paso a la complacencia en el amor físico o el “pecado colectivo”, como se le llamó, cuando los celebrantes deliraban sobre el suelo.

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