Por que funciona la magia

Extracto del libro magia experimental de Brennan J.H


Cuando se estudia aritmética o álgebra existen determinados hechos que se deben dar por supuestos. Por ejemplo, 2 + 2 es igual a 4 o en cualquier circunstancia, y si a= b y b= c, a = c.


La magia se basa también en un axioma fundamental: toda causa mágica funciona de dentro a fuera, y no existen cosas tales como los milagros.


Dion Fortune describe la magia como “el arte de producir cambios de conciencia a voluntad”, con lo que lo hace sólo a medias. Los cambios de conciencia se ven seguidos de efectos, pero éstos lo hacen a su propio ritmo, a través de sus canales naturales.


Para comprender esto hace falta tener cierta idea de la teoría mágica, lo cual no resulta fácil aunque se explique la teoría con los términos más sencillos posibles.


Prácticamente todo el mundo ?salvo los científicos y unos cuantos filósofos tan “lunáticos” como nosotros? acepta y suscribe la idea de que la mente y la materia son dos cosas distintas. Se trata de algo que parece no necesitar demostración alguna y que rara vez se pone en duda. Algunas veces se considera estos dos aspectos de nuestra vida como directamente contrarios, como blanco y negro, y otras como complementarios, como ying y yang. Pero, opuestos o complementarios, lo que se da por sentado, y eso es lo importante, es que son diferentes.


Y eso es precisamente lo que los magos negamos.


Para el mago, la mente y la materia son una continuidad. A un cierto nivel, se mostrará de acuerdo con los Vedas en que el inundo es una ilusión. A otro se limitará a aceptar que determinados ejercicios mentales pueden dar lugar a ciertos efectos físicos; pues, en último extremo, no existe diferencia alguna entre unos y otros.


El cómo un mago llega a esta extraordinaria conclusión no es nuestro tema de discusión. Puede aceptarla simplemente como un artículo de fe o tomarla como una hipótesis de trabajo que simplemente le permite poner manos a la obra. Puede haber incluso razones que le impulsen a creer que se trata de una propuesta equivocada, que la magia funciona por alguna razón completamente distinta. Eso no es algo que deba preocuparle. Sus métodos son interesantes, sus resultados razonables. Digan lo que digan los cínicos, la vida es buena.


Supongamos que están interesados en la posibilidad de hacer aparecer un billete de cinco libras. El ejemplo es evidentemente


Si analizamos las formas normales de conseguir el billete de cinco libras, descubriremos que se desglosan en cuatro fases distintas: deseo, creencia, acción y reacción.


En primer lugar está el deseo de conseguir el dinero. Si no existe, es evidente que no dará ningún paso para obtenerlo.


Luego viene la creencia en su capacidad para ganarse cinco libras. Se trata una vez más de una etapa vital del proceso, pues sin ella tampoco hará nada para conseguirlas.


La tercera fase es la de la acción: puede decidir comprar un abrigo y venderlo a cambio de un beneficio, o también fijar unos honorarios de cinco libras por algún servicio que esté en disposición de prestar.


Y finalmente la reacción. El abrigo se vende, el servicio se acepta. El resultado es que usted recibe sus cinco libras.


En esta secuencia casi todo el énfasis se pone en la acción. Los demás factores deben estar así mismo presentes, pero funcionan a un nivel casi reflejo y nadie presta gran atención a los mismos.


Un mago sigue la misma secuencia, pero poniendo el acento en lugares completamente distintos.


Existe un viejo proverbio religioso que dice: “Inflámate con la oración.” El deseo debe alcanzar las intensidades más elevadas. El es como el combustible para la operación, y cuantos más octanos tenga, mejores serán los resultados. No resulta fácil mantener un único deseo ardiendo durante días y semanas; pero, para poder tener éxito, el mago debe ser capaz de lograrlo. Este único factor, más que ningún otro, es el que hace que pocos magos avanzados se preocupen de asuntos tan triviales como los billetes de cinco libras. En una red tan grande y resistente se pueden coger peces mayores.


La creencia o fe es igual de importante para el mago. Una débil seguridad en sí mismo, obtenida sin esfuerzos y que se dé por sentada, no es ni mucho menos suficiente. Un mago se esforzará por alcanzar la seguridad interior, la convicción absoluta en que no puede fallar. Y éste es el factor que tienta a los principiantes a basar sus experimentos en resultados que realmente no importen demasiado. En teoría no existe diferencia mágica alguna entre producir 5 ó 50.000 libras, pero pocos principiantes poseen la convicción necesaria para alcanzar una cifra como la segunda.


A diferencia de lo que ocurre en el método anterior, la acción tiene mucha menos importancia: es simplemente rutinaria y de carácter interior. Cuando ha realizado su rutina, el mago se limita a esperar. Sabe que los resultados rara vez son rápidos, y en ningún caso milagrosos. El billete de cinco libras llegará antes o después.


Y llega. Puede hacerlo por correo, como la devolución de un préstamo largo tiempo olvidado; o en forma de préstamo, como el regalo espontáneo de un admirador. Pero llegará cuando él quiera… a través de canales perfectamente naturales.


¿En qué consiste esa curiosa rutina que sigue el mago para conjurar la aparición del billete de cinco libras? Extrañamente, varía de unos casos a otros. Y lo que es aún más extraño, no parece importar que varíe.


Según Frazer, el chamán primitivo acepta ciertas correspondencias en el universo. Ha crecido con esa fe o creencia y, por tanto, las correspondencias son para él tan naturales como andar. Carece de sofisticación y su método es primitivo, basado en la ecuación “Igual = Igual”.


El agua con que se rocía el suelo es como la lluvia; por tanto, para producir lluvia hay que rociar el suelo con agua. Los silbidos imitan el ruido del viento. Se puede, pues, conjurar una tormenta silbando. Se trata de la llamada “magia por simpatía”, que posee unas raíces profundas. ¿Cuántos de nosotros no estamos convencidos de que basta con lavar el coche para que caiga un chaparrón? En un barco los marineros se abstienen de silbar, pues se considera que trae mala suerte, que provoca tormentas.


Hoy en día, al menos en el mundo occidental, nadie cree en la “magia por simpatía”. Resulta un método demasiado rudimentario para ser posible. Y sin fe, la secuencia de cuatro pasos se derrumba. El ocultista más refinado se encuentra incapaz de realizar una operación que no plantearía problema alguno a su sencillo semejante de la selva. Pero no importa. No es que la magia haya muerto, sino que su complejidad ha aumentado.


Los actuales estudiantes de artes mágicas aprenden un nuevo juego de correspondencias, que dependerán en gran medida del centro en que lo hagan. Las más extendidas son probablemente las derivadas de la Cabala hebraica, complementadas por Aleister Crowley. La cabala está bien vista, como corresponde a un gran sistema místico. Crowley no. Pero incluso sus más encarnizados oponentes hacen uso o se benefician de su trabajo, al igual que numerosos británicos de hoy en día se complacen conduciendo un coche (el “Volkswagen”) originalmente ideado por Hitler.


Si el mago ha sido formado en el sistema de la Cabala antes de llevar a cabo el experimento habrá construido en su mente toda una serie de asociaciones relacionadas con el dinero. Lo asociará, por ejemplo, con un determinado planeta, un determinado color y una determinada esfera del Árbol de la Vida. Al nivel más simple, inundará su aura con el color asociado -mediante un acto de la imaginación- e intentará visualizar cómo el billete de cinco libras acude a. él. Si desea seguir más adelante, puede rodearse de nuevas asociaciones, e incluso desempeñar acciones rituales de valor simbólico. Todas ellas tendrán exactamente el mismo propósito: orientar su mente en la dirección adecuada y mantenerla en ella.


La cadena básica de asociaciones es la siguiente:


Sephírah: Tiphareth


Color: Dorado


Planeta: El Sol


Todo ésto parece demasiado fácil para ser verdad. Pero el simple hecho de conocer los eslabones no bastará para poder unir la cadena a nada. El mago es sobre todo un trabajador. Se pasará semanas, meses o incluso años meditando todos los días sobre las esferas del Árbol de la Vida, introduciendo sus asociaciones en los niveles más profundos de su ser, convirtiéndolas en parte de él, dándose lentamente cuenta de por qué funcionan las asociaciones y cuál es su significado. Sólo después de todo eso se sentirá verdaderamente seguro de que va a obtener su billete de cinco libras. Y, como cabe suponer, para cuando llegue ese momento le interesará pescar con su red peces más grandes que ésos.


¿Cómo funciona este fascinante conjuro de un billete de cinco libras? Muchos magos no tienen ni la menor idea. Aprendieron el método ?lo mismo que puede hacer usted en el capítulo correspondiente?, realizaron sus tareas preparatorias y descubrieron que, antes o después, el billete llegaba a sus manos por una vía u otra. El poder de la magia se había visto demostrado por el experimento.


Pero la magia no es un poder, sino un método o un conjunto de métodos. El hecho de que un televisor funcione no demuestra el “poder” de la electrónica, sino simplemente la aplicación práctica de determinados principios. Esos principios pueden constituir un misterio incluso para el hombre que lo repare: todo lo que necesita saber es qué cables debe conectar a una lámpara, etc. Y lo mismo puede ocurrir con el hombre que lo fabrique.


Es un hecho demostrado que la intuición más profunda de por qué funciona el truco del billete no la tuvo un mago, sino el astuto y viejo psicólogo Carl Gustav Jung. Desgraciadamente, el estilo literario de Jung no puede compararse con el de Freud, con el resultado de que muchas de sus mejores ideas quedan enterradas debajo de su farragosa y académica forma de escribir.


Como a la mayoría de los psiquiatras clínicos, a Jung se le ocurrieron ideas aparentemente disparatadas mientras trataba a sus pacientes. Pero, a diferencia de la mayoría de ellos, decidió no hacer caso omiso de ellas. Esta sencilla diferencia dio origen a la teoría de la sincronicidad. Un caso concreto servirá para ilustrarla:


En una determinada etapa de su carrera, Jung estaba tratando a un paciente, el señor X, que padecía un trastorno emocional. Aparte de eso, el señor X, parecía estar en forma y bien.


Cierto día, tras una sesión del tratamiento, el señor X se quejó de dolor de garganta. Este no es un síntoma que suela perturbar a los legos en la materia, pero la experiencia médica de Jung le llevó a sospechar que podía tratarse de algo más que un simple resfriado de pecho. Intuyó que existía la posibilidad de que se tratase de una enfermedad cardiaca, y aconsejó al señor X que consultase con su médico, quien se mostró de acuerdo. Cuando iba a ser operado ?lo que Jung no sabía en aquel momento?, sufrió un infarto y falleció.


Pero aquí es donde entra la señora X en la historia. Llamó a Jung llena de miedo para preguntarle si su marido padecía alguna enfermedad grave.


Hagamos una pausa para detenernos a reflexionar ?como sin duda hizo Jung? que el señor X estaba siendo tratado de una enfermedad psiquiátrica. Aunque molestas, tales dolencias rara vez resultan mortales. A pesar de que la señora X podía estar enterada de los dolores de garganta de su marido, es improbable que hubiese formulado el mismo diagnóstico que Jung. De hecho, en el momento de hablar con ella, Jung desconocía que su intuición se había visto dramáticamente confirmada.


Jung intentó tranquilizar a la señora lo mejor que supo y le preguntó qué era lo que le había hecho llamarle para preguntarle aquella. Su respuesta fue muy curiosa: porque a la ventana del dormitorio de su marido había acudido toda una bandada de pájaros.


Para comprender esta respuesta hace falta saber algo más acerca de la señora X. Unos cuantos años antes, mientras su abuelo estaba agonizando, acudieron a su ventana un gran número de pájaros. El mismo fenómeno se había repetido cuando murió su padre. Debido a ello, la señora X llegó a asociar la llegada de los pájaros con la idea de la muerte. La aparición de una bandada en la ventana se había convertido en una especie de augurio funesto.


Cuando el augurio demostró ser correcto tres veces seguidas, Jung empezó a reflexionar sobre qué era lo que podía haber ocurrido. Se basó en dos premisas, ambas innegablemente lógicas y sensatas:


1. La llegada de una bandada de pájaros a una ventana no provoca la muerte; de ser así, media especie humana habría fallecido hace ya mucho tiempo.


2. La muerte humana no atrae a los pájaros; de lo contrario, nuestras clínicas y hospitales tendrían que enfrentarse a un gigantesco problema.


En resumen, entre la aparición de los pájaros y la muerte no existe ninguna relación de causa-efecto. Pero eso no quiere decir que no exista ninguna en absoluto. Era evidente que estaba ocurriendo algo y que estaba lo suficientemente claro como para empujar a la señora X a llamar a Jung.


Jung llegó a la conclusión de que sí existía una relación, pero que se trataba de una relación ajena a la acostumbrada secuencia de causa-efecto. Intuyó que en el mundo funcionaba una segunda secuencia en gran medida oculta a la atención inmediata. El eslabón entre los dos factores del caso era el significado. El significado es una función de la mente humana. El eslabón entre el fallecimiento del señor X y la aparición de una bandada de pájaros en la ventana de su dormitorio no era otro que la mente ?y/o las creencias– de la señora X. Jung creyó haber descubierto un principio no causal de conexión, y lo denominó “coincidencia significativa” o “sincronicidad”.


Pero la sincronicidad parece una conclusión propia de los cuentos de hadas, una invitación abierta a la idea de que basta desear las cosas para que éstas se produzcan. Aun viniendo de Jung, podría no haber pasado de ser una teoría más, si no se hubiese lanzado a demostrar sus conclusiones mediante la realización de experimentos.


El método de experimentación de Jung resulta divertido y extraño al mismo tiempo. Primero buscó un instrumento adecuado para someter la sincronicidad a prueba, y lo encontró en la antigua seudociencia de la astrología. Los astrólogos aceptan la idea de que determinadas configuraciones de los planetas proporcionan claves acerca de la probabilidad de que se produzcan determinados hechos o situaciones. La creencia en las relaciones astrológicas se remonta a hace siglos, posiblemente incluso milenios. Y, sin embargo, las acciones de los hombres no pueden influir sobre el curso o trayectoria de los planetas; mientras que, si algunos misteriosos rayos planetarios influyesen sobre las acciones de los hombres, la astrología sería una ciencia exacta, algo que ni sus más acérrimos defensores se atreven a afirmar.


Contando con este instrumento, Jung lo preparó todo para la realización de un experimento. Primero buscó las tradicionales conjunciones matrimoniales en los horóscopos de unas cuantas parejas previamente elegidas, y descubrió un determinado porcentaje de casos en los que esas conjunciones se producían realmente. Luego analizó estadísticamente sus descubrimientos y se encontró con que ese porcentaje era demasiado significativo como para tratarse de un simple producto de la casualidad.


Los astrólogos se felicitaron de que un respetado psiquiatra hubiese demostrado la verdad de la astrología. Pero en realidad no había hecho nada de eso, sino más bien probado que la astrología tiene algo de verdad. Jung llegó a la conclusión de que había demostrado la verdad de su teoría de la sincronicidad, y no se equivocaba.


El descubrimiento de un principio no causal de conexión resultó tan desconcertante como en otro sentido el principio descubierto por Einstein de que E = mc2. Pero como su aplicación práctica era mucho menos evidente que la bomba atómica, la sincronicidad se ha visto en gran medida ignorada. Sólo el grupo de los esoteristas, del que los magos forman también parte de mejor o peor grado, presta algo de atención a la “rareza” descubierta por Jung. Y como nadie cree en la magia, sus afirmaciones se han visto recibidas con condescendientes sonrisas.


Creo que es razonable cambiar el nombre de mago por el de “sincronicista”, pues resulta mucho más impresionante, actual y, en consecuencia, aceptable; aunque eso no modificará el hecho de que los sincronicistas hacen magia.


 

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