La herencia de Buda- Renovacion

La herencia de Buda- Una historia de Osho

Cuando no hay pasado, cuando no hay futuro, sóimage008lo entonces hay paz. El futuro significa aspiraciones, logros, objetivos, ambiciones, deseos. No puedes estar aquí y ahora, siempre estás corriendo tras algo, yendo a alguna parte. Uno tiene que estar totalmente presente al presente, entonces es cuando hay paz. Y de ahí surge la renovación de la vida, porque la vida sólo conoce un tiempo, y ese tiempo es el presente. El pasado está muerto; el futuro sólo es una proyección del pasado muerto. ¿Qué puedes pensar del futuro? Piensas en términos del pasado, ya que es lo que conoces, y lo proyectas, aunque mejorado, por supuesto. Es más hermoso, está decorado; todos los dolores han desaparecido y sólo quedan los placeres, pero sigue siendo el pasado. El pasado no es, el futuro no es, sólo el presente es. Estar en el presente es estar vivo, en el óptimo, y eso es renovación.

Justo un día antes de que Gautam Buda dejara su palacio para salir en busca de la verdad, su esposa había tenido un hijo. Es una historia tan humana, tan hermosa…
Antes de irse del palacio quería ver el rostro de su hijo al menos una vez, el símbolo de su amor por su esposa. Por eso entró en su habitación. Ella estaba dormida y el niño estaba cubierto bajo una manta. Quería apartar la manta y descubrir el rostro del niño porque quizá no volvería nunca. Estaba a punto de salir a realizar una peregrinación desconocida. Estaba arriesgándolo todo: su reino, su esposa, su hijo, a sí mismo, por buscar la iluminación, algo de lo que había oído hablar y que sólo era una posibilidad que había ocurrido a un puñado de personas que la habían buscado.
Tenía tantas dudas como cualquiera de vosotros, pero había llegado el momento de tomar la decisión. Estaba determinado a partir. Pero la mente humana, la naturaleza humana… Simplemente quería ver; ni siquiera había visto el rostro de su propio hijo. Pero tenía miedo de que si movía la manta… si Yashodhara, su esposa, se despertase, le preguntaría: «¿Qué haces en mi habitación en medio de la noche?, y pareces preparado para ir a alguna parte».
Estaba a punto de salir y había dicho al conductor de la carreta: «Sólo un minuto. Déjame ver el rostro de mi hijo. Puede que no regrese nunca». Pero no pudo mirar por miedo a que si Yashodhara se despertaba, empezaría a llorar y lamentarse: «¿Dónde vas? ¿Qué haces? ¿De qué renunciación me hablas? ¿Qué es la iluminación?» Y uno nunca sabe lo que va a hacer una mujer, ¡podría despertar a todo el palacio! Su padre vendría y todo se iría al traste. Así es que simplemente se escapó…
Doce años después, cuando estaba iluminado, lo primero que hizo fue volver a su palacio para pedir perdón a su padre, a su esposa, a su hijo que ahora debía tener doce años. Se daba cuenta de que estarían enfadados. El padre estaba muy enfadado; fue el primero en venir a saludarle y estuvo insultándole durante media hora. Pero se dio cuenta de que él estaba diciendo muchas cosas y su hijo estaba allí como una estatua de mármol, como si nada le afectara.
El padre le miró, y Gautam Buda dijo: —Eso es lo que quería. Por favor, seca tus lágrimas. Mírame: no soy el muchacho que se fue del palacio. Tu hijo murió hace años. Yo me parezco a él, pero mi conciencia es muy diferente. Simplemente mira.
—Lo veo. He estado insultándote durante media hora y esto prueba que has cambiado. Recuerdo lo temperamental que eras: no podrías haberte quedado en silencio. ¿Qué te ha ocurrido?
—Te lo contaré, pero déjame ver primero a mi esposa y a mi hijo. Deben estar esperando; deben saber que he venido.
Y lo primero que le dijo su esposa fue: —Puedo ver que estás transformado. Estos doce años han sido un gran sufrimiento, pero no porque te hubieras ido; he sufrido porque no me lo dijiste. Si simplemente me hubieras dicho que ibas a buscar la verdad, ¿crees que te lo habría impedido? Me has insultado gravemente. Ésta es la herida que he estado llevando durante doce años. Yo también pertenezco a la casta guerrera, ¿piensas que soy tan débil que me hubiera puesto a gritar y a llorar y que habría tratado de detenerte?
Todos estos años mi único sufrimiento fue que no confiaste en mí. Te lo habría permitido, te hubiera dado un regalo de despedida, habría salido al carro a decirte adiós. En primer lugar quiero plantearte la única pregunta que ha estado en mi cabeza todos estos años, y es que cualquier cosa que hayas logrado… y ciertamente parece que has logrado algo.
Ya no eres la misma persona que se fue de este palacio; irradias una luz diferente, tu presencia es totalmente nueva y fresca, tus ojos son tan claros y puros como un cielo sin nubes. Te has vuelto tan hermoso… siempre fuiste hermoso, pero ahora parece que tu belleza no es de este mundo. Alguna gracia ha descendido sobre ti desde el más allá. Mi pregunta es, sea lo que sea lo que hayas conseguido, ¿no era posible conseguirlo aquí, en palacio? ¿Puede el palacio impedir que se manifieste la verdad?
Es una pregunta tremendamente inteligente, y Gautam Buda tuvo que admitirlo: —Podría haberlo conseguido aquí, pero en aquel momento no lo sabía. Ahora puedo decir que lo podría haber conseguido aquí, en este palacio; no era necesario ir a las montañas ni a ninguna otra parte. Tenía que ir dentro, y eso podría haberlo hecho en cualquier lugar. Este palacio es un lugar tan bueno como cualquier otro, pero ahora puedo decir eso, que entonces no tenía ni idea de que era así. Perdóname porque no es que no confiara en ti o en tu coraje. De hecho, dudaba de mí mismo: si te hubiera despertado y hubiera visto a nuestro hijo, podría haber comenzado a preguntarme: «¿Qué estoy haciendo dejando a mi preciosa esposa, que me ama con todo su amor, con toda devoción. Y dejando a mi hijo que sólo tiene un día… Si tengo que dejarlo, ¿por qué le he dado la vida? Estoy evadiendo mis responsabilidades».
Si mi anciano padre hubiera despertado me hubiera sido imposible partir. No era que no confiara en ti; en realidad no confiaba en mí mismo. Sabía que había una vacilación; no era total en la renuncia. Una parte de mí decía: «¿Qué haces? » y otra parte de mí decía: «Es el momento de hacerlo. Si no lo haces ahora se hará cada vez más difícil. Tu padre se está preparando para coronarte. Y cuando seas coronado rey, será más difícil».
br> Yashodhara le dijo: —Ésta es la única preguntar que quería plantearte, y estoy inmensamente feliz de que hayas sido absolutamente veraz al decir que podías alcanzar la verdad aquí o en cualquier parte. Ahora bien, tu hijo, que está allí de pie, un niño de doce años, ha estado preguntando por ti continuamente, y yo le he dicho: «Espera, él volverá; no puede ser tan cruel, no puede ser tan rudo, no puede ser tan inhumano. Un día vendrá. Quizá lo que ha salido a realizar le lleve tiempo; una vez que lo consiga, lo primero que hará será regresar».
Así pues, tu hijo está aquí y quiero que me digas, ¿cuál va a ser tu herencia para él? ¿Qué tienes para darle? Le has dado la vida, ¿qué más le darás ahora?
Buda no tenía nada excepto un cuenco para mendigar, por tanto llamó a su hijo que tenía por nombre Rahul. Llamó a Rahul cerca de sí y le dio su cuenco de mendigar. Le dijo: —No tengo nada. Ésta es mi única posesión; desde ahora en adelante tendré que usar mis manos como recipiente para tomar los alimentos. Dándote este cuenco te inicio en el sannyas. Ése es el único tesoro que he encontrado y me gustaría que tú también lo encontrases.
Y dijo a Yashodhara: —Tienes que prepararte para formar parte de mi comuna de sannyasins —e inició a su esposa. El anciano rey se acercó y estaba observando toda la escena. Dijo a Gautama Buda: —¿Entonces vas a dejarme fuera? ¿No quieres compartir lo que has hallado con tu anciano padre? Mi muerte esta cerca… iníciame a mí también.
Buda dijo: —De hecho, he venido a llevaros a todos conmigo, porque he encontrado un reino mucho más grande, un reino que durará siempre, que no puede ser conquistado. He venido aquí para que pudierais sentir mi presencia, para que pudierais sentir mi realización, y yo pudiera persuadiros de que os seáis mis compañeros de viaje.

Leave a Comment