Existencialismo zen


En el mundo complejo en que vivimos, es difícil separar los fenómenos que pertenecen al “vivir” y al “existir”. Pensamos, de modo ilusorio, que vivir tiene sentido y que existir no es más que un acto vegetativo sin importancia. Esta suposición, que se basa en darle valor a los actos que me distinguen como ser humano, supone falsamente que mi organismo es el centro del cosmos. Este es el pensamiento del hombre común, que dista mucho de la filosofía del existencialismo zen.

El existencialismo zen

El hombre hace una distinción entre el “vivir” y el “existir”; todos sienten que “vivir” tiene sentido y “existir” es sólo un modo de vida vegetativa sin razón de ser. Sin embargo, la distinción entre estos términos no se sitúa entre los fenómenos vegetativos y los actos sino que es considerado de la siguiente forma: entre las acciones, algunas tienen como finalidad la supervivencia (comer, dormir, etc.) y otras son ejecutadas sin el fin de la vida vegetativa y tienen como finalidad el determinar la diferencia entre los demás hombres.

El existencialismo zen se sitúa entre estas dos acciones. La condición egotista hace que se considere que la vida vegetativa y los actos tendientes a la supervivencia humana sean carentes de sentido, esto es visto como un existir despreciable y el hombre sólo encuentra valor en los actos que lo distinguen de los demás, es apreciada la vida en cuanto al “Yo” particular, sin considerar valor a la vida del hombre como individuo universal.
Esto supone falsamente que mi organismo es el centro del cosmos, pero mi organismo es un eslabón en la cadena de causas y efectos cósmicos y sólo puede tener sentido en cuanto a su relación con el resto, es decir, si es considerado en cuanto a las semejanzas con los demás y no en cuanto a las diferencias. Esta afirmación egotista que valora la existencia en base al “vivir” y no al “existir” actúa en contra del orden natural de las cosas, puesto que funda lo real en lo ilusorio.

Por ello, el hombre se siente bien y mal al mismo tiempo; posee algo, su mera existencia, pero le falta algo. Su situación de vida, por ende, comprende una tendencia a completarse, a llenar el vacío. El entendimiento se desarrolla progresivamente de tal manera que es capaz de procurarse la satisfacción ilusoria de la afirmación egotista antes de poder sentir la plenitud de la propia existencia.

“Erase una vez un hombre que se hallaba de -pie sobre una alta colina. Tres viajeros que pasaban a cierta distancia de allí, lo vieron y discutieron a propósito de él. Uno afirmó: “Debe de haber perdido su animal favorito”. Otro dijo: “No, debe de estar buscando a su amigo”.  Dijo el tercero: “Está allí arriba solamente para disfrutar del aire fresco”. No pudieron los tres viajeros ponerse de acuerdo y continuaron discutiendo hasta el momento en que llegaron a lo alto de la colina. Uno le preguntó: “¡Oh! amigo que estáis de pie en esta colina, ¿no habéis perdido vuestro animal favorito?”. “No señor, no lo he perdido”. Otro le preguntó: “¿No habéis perdido a vuestro amigo?”. “No señor, tampoco he perdido a mi amigo”. El tercer viajero preguntó: “¿No estáis aquí para disfrutar del aire fresco?”. “No señor”. “Entonces, ¿por qué estáis aquí, si contestáis negativamente a todas nuestras preguntas?”. El hombre de la colina respondió: “Sencillamente, estoy aquí”.


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