¿Haz hecho feliz a alguien hoy?

Si alguien te pregunta: ¿haz hecho feliz a alguien hoy? Seguramente le contestes que estás demasiado ocupado, que bastante tienes con tus problemas o que no puedes ayudar ni hacer feliz a nadie. Lo cierto es que si te sientes deprimido o angustiado, hacer feliz a alguien hará que te sientas mejor. Pero ¿realmente está en tus manos ayudar a los demás?

Al decir “hacer feliz a alguien” no me refiero a solucionarle sus problemas, sino a las pequeños detalles que pueden hacer que sea un día feliz, para nosotros mismos y para las personas que nos rodean.
¿Estás siempre malhumorado, riñes constantemente con tus compañeros de trabajo, eres incapaz de felicitar a tus subordinados? Hacer feliz a alguien entonces te será muy sencillo:
Esboza una sonrisa, da los buenos días, expresa qué feliz te sientes de compartir el trabajo y agradece por una tarea bien hecha. ¡Con tan poco puedes hacer feliz a alguien hoy!

Voy a contarte una experiencia personal. Cada vez que viajo a la ciudad y veo a los niños pidiendo en la calle, me deprimo enormemente por la situación en que viven y además, porque noto que la gente los ignora. Lo he hablado con varios amigos y he preguntado porqué la gente no les da dinero ni los ayuda. Todos me han contestado: ¡con darles dinero no se soluciona el problema!
Estando sentada en un bar y luego de ver que un chiquillo se paseaba entre las mesas pidiendo una moneda sin obtener ni siquiera una mirada de la gente, le pedí que se sentara en mi mesa y nos pusimos a hablar. Recuerdo haberle comprado una estampita, seguramente esto no le solucionó en nada la vida al pequeño, pero recuerdo su sonrisa. Esa sonrisa no era por el dinero, sino porque alguien le preguntó su nombre, le sonrió y se interesó por él!
Mi convicción es que se puede hacer mucho con muy poco, y por ello quiero compartir contigo un texto, que te hará pensar de qué manera puedes hacer feliz a alguien hoy.

Un amigo nuestro iba caminando al atardecer por una playa mejicana desértica. Mientras caminaba, divisó a otro hombre a lo lejos. Al acercarse, notó que el lugareño se agachaba constantemente, recogía algo y lo arrojaba al agua. Una y otra vez lanzaba cosas al océano.
Cuando nuestro amigo se acercó más todavía, vio que el hombre recogía estrellas de mar que se habían lavado en la playa y, una por vez, las iba devolviendo al agua.
Nuestro amigo se sintió confundido. Se acercó y dijo:
—Buenas noches, amigo. Me pregunto qué está haciendo.
—Devuelvo estas estrellas de mar al océano. Ve, en este momento, la marea está baja y todas estas estrellas quedaron en la costa. Si no las echo nuevamente al mar, se mueren aquí por falta de oxígeno.
—Ya entiendo —respondió mi amigo—, pero ha de haber miles de estrellas de mar en esta playa. Es imposible agarrarlas a todas. Son demasiadas. Además, seguramente esto pasa en cientos de playas a lo largo de toda esta costa. ¿No se da cuenta de que no cambia nada?
El lugareño sonrió, se agachó, levantó otra estrella de mar para arrojarla de nuevo al mar y respondió:
—¡Para ésta sí cambió algo!

(Extraído de “Chocolate caliente para el alma” de Jack Confíela y Mark V. Hansen)


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